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Portada  |  10 marzo 2021

Minorías: Comunidad judío-ortodoxa

Una comunidad que ha perdurado a lo largo de miles de años, a pesar de innumerables persecuciones, matanzas y actos de crueldad sufridas. Hoy nos cuentan el secreto de su permanencia y fortaleza. Comunidad judío-ortodoxa.

Los llaman “el pueblo del libro”. En los comedores y livings de sus casas no faltan las bibliotecas, que componen enseñanzas transmitidas de generación en generación. El valor del respeto por el otro es uno de los principales preceptos, así como también la bondad, el estudio constante, la solidaridad.

Una comunidad que ha pasado por pruebas difíciles, caminos encontrados a lo largo de distintas partes del mundo, sueños frustrados por la intolerancia ajena. Pero no han perdido la fortaleza, la mirada hacia adelante.

Y las mujeres son un fiel reflejo de ello. Acostumbran a usar pollera y cubrirse hasta mitad del brazo, así como también usar peluca (para quienes se encuentran casadas). El significado se enfoca en la importancia de centrarse en la esencia de la persona, en lo intangible. Que la misma persona sea valorada por aspectos que el tacto no llega a apreciar, pero que son mucho más importantes que la cuestión física. Eso no quiere decir que deban verse desarregladas, sino todo lo contrario. Muchas de las mujeres ortodoxas tienen contacto físico con sus maridos justo después de casarse.

En el noviazgo la charla es lo principal, el conocer verdaderamente al otro. Y cuando llega el momento del casamiento, el primer contacto físico lo definen como algo sumamente especial, esperado.

Claudia, una de las entrevistadas, afirma que en un mundo donde el tacto ha perdido tanto valor e importancia, ella opta porque cada contacto y afecto sea especial, no cotidiano.

Los hombres también tienen sus normas de recato en la vestimenta, pero además usan la “kipa” (gorrito arriba de la cabeza) o también un sombrero. Esto mismo hace referencia a que hay un ser superior que todo lo ve y espera actitudes correctas en dicha persona. En otras palabras, que nadie actúa sin ser vigilado.

El libre albedrío es un concepto fundamental en el judaísmo. Toda mujer y hombre que cumple sus preceptos debe hacerlo porque los elige, porque desea aplicar dichos valores y prácticas a su vida. Porque, después de todo, optan por encontrarse consigo mismos y con sus propias raíces.

Hay mujeres que cocinan y hay hombres que cocinan. Cada hogar es diferente, pero en la gran mayoría predominan las normas del “Kashrut” en los alimentos. Dichas leyes son amplias: la faena del animal se hace de tal forma que no sufra; se inspecciona que no haya comida con insectos/bichos, entre otras cuestiones. Y en cuanto a las principales comidas, se encuentran los knishes (empanadas de papa), lajmashin (carne picada con trigo burgol), entre tantas otras. Lo principal es el encuentro con la familia, la celebración con alegría.

Y el “Shabat” es un día esencial, primordial. Desde el viernes por la tarde hasta el sábado por la noche dejan todo artefacto electrónico de lado, no toman transportes de ningún tipo. Hacen algo superador: se encuentran en familia y con amistades, charlan sin interferencias, se escuchan verdaderamente, leen en tranquilidad, se conectan consigo mismos. Agradecen ese momento, lo esperan. Las mujeres son quienes prenden las velas cada viernes para recibir al “Shabat”. Dicho momento lo definen como un espacio de conexión, de agradecimiento, de reflexión, aprovechan para pensar y pedir por la concreción de sus deseos y objetivos.

Las festividades son diversas. Pesaj (recordando la salida de Egipto), Rosh Hashana (año nuevo judío), Sucot, Jánuca, y muchas más. Cada festividad recuerda algo, enseña.

Y de eso se trata, de aprender en cada momento, de recordar la historia pero mirar hacia un futuro, de aprender de los antepasados pero enseñar a las nuevas generaciones, de valorar lo que es social y generalmente normal o deportivo. Pero hacerlo con alegría, festejo y agradecimiento. Acaso ese sea el secreto de su firme continuidad a lo largo de los años. La clave que logra que, a pesar de lo sufrido, a pesar de que tantos grupos y estados han deseado su destrucción, esta comunidad hoy no forme parte de un museo antiguo, sino que sea un ejemplo vivo de permanencia y existencia.

Texto: Michelle Mendeluk

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